César Eduardo Carrión -Ecuador-

Cesar Eduardo Carrión face and logo 2016

César Eduardo Carrión (Quito, 1976) is Doctor in Latin American Literature (Simon Bolivar Andean University, 2012-2017), and Master in Literature (Pontifical Catholic University of Ecuador-PUCE, 2006). He has published five books of poetry: Cinco maneras de armar un travesti (2011), Poemas en una Jaula de Faraday (2010), Limalla babélica (2009), Pirografías (2008), Revés de luz (2006). He has also published two books of essays: Habitada ausencia (2008), La diminuta flecha envenenada (2007). César Eduardo has been Director of the School of Spanish Language and Literature and is currently the Dean of the Communication, Linguistics and Literature at PUCE.

A la calavera de Yorick […] 2

Recuerdo que alguna vez, borracho, vomitaste en las faldas del Rey, nuestro padre, como un demonio que paría por la boca a los ángeles exterminadores del Apocalipsis. Recuerdo que aquella vez fue la única que el Rey, nuestro puto padre, no te perdonó por haber nacido necio, por haber nacido tonto, por haber nacido mucho más hermoso que él. Aquella noche de juerga intensa, amado Yorick, fue tu última función en la corte danesa. Al día siguiente tu cuerpo pendía hinchado y sin vida de una almena de la Torre del Desahucio. “¿Sabes cuántas veces aparece la palabra Amén en la Biblia del Rey Jorge? ¿Sabes cuántas de sus setecientas ochenta y tres mil ciento treinta y siete palabras hablan de la muerte y cuántas de ellas nos consuelan con la resurrección?”: Estas letanías, bufón de la infancia fugaz, no son mías, recuerda que tú las pronunciabas como un trabalenguas infinito que nos ponía a todos a dudar de tu aspecto de duende idiota. “Los enanos tenemos la verga más grande que el dueño del circo”, decías al vernos así, boquiabiertos, babeando, pensando en esa cifra imposible de la Biblia del inglés enemigo. A pesar de tu estatura, siempre fuiste, tú, el gran Yorick, el payaso, el que amó a su verdugo, como un perro de caza que aprendió a dormir en la cama de su amo y atrofió el olfato. ¿Será que así mismo son los poetas de todos los reinos perdidos, de todos los mares lejanos, menudos pervertidos que enseñan a las vírgenes de las asambleas a reírse de sí mismas y a encontrar entre sus piernas o sus senos la condición degradante de heredar la muerte a quienes más se llega a amar, a quienes más se aparta de dolencias, a los hijos? Porque los hermanos diminutos de los parlamentarios, los poetas, los ilustres inicuos, como tú, como yo, mi difunto mellizo, somos cebo de políticos que dicen que debemos ordenar este mundo y lustrarlo con palabras que discutan de justicia social y morales intachables, que se puedan vender en las calles, como anuncios de humana integridad: “Compre cerveza nacional, apoye a la patria; consuma cigarrillo local, respire nación; lea versos y novelas que reintegren al sirviente y al esclavo a los Estados de confort; oiga, poeta; oiga, pintor; óigame, señor artista de nuestro ilustre país, se lo advierto: Si no talla el rostro del poder o la miseria que produce no le erigiré ningún monumento”. Sigamos riendo, lúdico animal de pene enorme, de risa estentórea y temeraria, que nos condenen los que escriben para el vulgo, para el analfabeta que nunca lo leerá; que nos repudien también quienes escriben para el burgués, a quien la poesía le apesta. Sigamos escribiendo, Calavera, para los demás esqueletos de este bello cementerio.

¿Sabes cuántas veces aparece la palabra Amén en la Biblia del Rey Jorge? ¿Sabes cuántas de sus setecientas ochenta y tres mil ciento treinta y siete palabras hablan de la muerte y cuántas de ellas nos consuelan con la resurrección? A mí, ya no me importa cuántas veces gimió el evangelista o fornicaron los predicadores. Mucho menos me importará, de aquí en adelante, cuántos alguaciles de la verdadera, de la absoluta necesidad, me increparán por evadir con mis palabras sus preguntas. Gracias, cuerpo ausente, huesos pelados, carne reseca, postreros nutrientes del gusano, por la libertad de no tener esperanza y por ello no deber al misterio el sentido de mi vida. Sigue así, tan muerto como ahora, hermano Yorick. Mañana vendrán otros príncipes locos a vengar la memoria de su padre infame, liquidado por la Matria puta, por la Ley del Hombre.

Del libro Poemas en una jaula de Faraday, 2010.

To Yorick’s Skull

[…]

2

I remember that one day, while drunk, you vomitted on the King’s—our father’s—robe like a demon giving birth to the merciless angels of the apocalypse. I remember that being the only moment that the King, our bloody father, did not forgive you for having been born stubborn, an idiot, for having been born much more beautiful than he. That night of revelry, dear Yorick, was your final function in the Danish court. The following day, your body hung lifeless and swollen from the barbed wire outside the Tower of Hopelessness. “Do you know how many times the word “Amen” appears in King George’s bible? Do you know how many of its seven hundred eighty-three thousand one hundred thirty-seven words are about death, and how many of them console us with resurrection?”: These litanies, fools of fleeting infancy, are not mine—remember that you used to recite them like endless tongue-twisters that made us all doubt your stupid and impish appearance. “We dwarves have bigger penises than the owner of the circus,” you would say upon observing us, gaping, drooling, thinking about that impossible verse in the Bible of the English enemy. Despite your stature, you were always you, great Yorick, the clown, the one who loved his executioner like a house dog trained to sleep on his owner’s bed and weakened the smell. Could it be that the lost poets from all of the distant seas are the same way? Small perverts who teach virgins to laugh at themselves and to find, in between their legs or their breasts, the degrading condition of passing on death to those who are loved most, to those who are furthest from illness, to children? This is because the diminutive brothers of the members of Parliament, the poets, the wicked, illustrious, like you, like me, my dead twin, we are bait for politicians who say that we should have order in the world and polish it with words that discuss social justice and impeccable morals, that we should be able to sell on the streets, like announcements of human integrity: “Buy national beer, support the motherland, smoke local cigarettes, breathe the country’s air; read verses and novels that will reintroduce maids and slaves to the states of comfort; listen, poet; listen, painter; listen to me, mister artist of our illustrios country, I warn you: If you do not have the face of power or misery, I will not build you any monuments.” Let us laugh, playful, well-endowed creature of bold laughter. Let those who write for the common people and for the illiterate who will never read condemn us. Let those who write for the bourgeois, those for whom poetry is pungent, also condemn us. Let us keep writing, skull, for the rest of the skeletons in this beautiful cemetery. Do you know how many times the word “Amen” appears in King George’s bible? Do you know how many of its seven hundred eighty-three thousand one hundred thirty-seven words are about death, and how many of them console us with resurrection? I don’t care how many times the Evangelist moaned or the preachers slept around. From now on, I will care much less about the amount of just bailiffs that will prosecute me for evading their questions with my words. Thank you, absent body, stripped bones, dry flesh, worm’s last nutrients, for the liberty of hopelessness, and consequently not owing the meaning of my life to mystery. Keep on, as dead as you are now, Yorick. Other crazed princes will arrive tomorrow to avenge their infamous father’s memory, settled by the fucking motherland, by the law of man.

Translated by Pilar Gonzalez

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