Gabriel Chávez Casazola -Bolivia-

Gabriel Chá

Gabriel Chavez Casazola  face and logo 2015

Koyu Abe plants a sunflower seed in the gardens of the Temple of Genji

Koyu Abe, in a harsh black tunic, head high and shaved brow furrowed plants a sunflower seed in the gardens of the Temple of Genji.

Unhurried, he buries the small shell full of hidden light of unfolding wonder in a bowl dug from the Earth.

He covers it with a small shovel waters it with orange sprinkles.

A breeze runs through the gardens of the Temple of Genji Koyu Abe feels it on his hands sprayed with water.

In a bag made of fabric and hanging from his lap: tens, hundreds of seeds.

It is still morning and his task is to plant each of these seeds and to cover them and to water them with orange sprinkles.

One million sunflowers should soon carpet the gardens of Genji and the surrounding patches.

Monks, farmers, all must have hands dampened by the water that irrigates the growing yellow wonders of children: these pious lights for exhausted eyes.

Koyu Abe does not know Van Gogh, but he paints sunflowers with his shovel. Koyu Abe, whose gaze descries, in the distance, the grayish profiles of nuclear silos On the edge of Fukushima rise the gardens of the Temple of Genji and it is necessary to purify the heavens, purify the water, purify the soil, purify the suns, by the planting of sunflowers.

It is not about aesthetic effect—Koyu Abe speaks in the silence of the image: the roots absorb the heavy metals and from the poison a flower is born.

But it is also true that beauty cleanses itself,

says the Dutch, out of the silence of the fabric, and Koyu Abe hands me a bag of seeds

The vibrant orange shower brings me closer to Van Gogh.

(Translated from Spanish by M.J. Fievre)


Koyu Abe siembra una semilla de girasol en los jardines del templo de Genji


Koyu Abe, con rigurosa túnica negra, alta y rapada la cabeza llano el ceño siembra una semilla de girasol en los jardines del templo de Genji.

Con parsimonia deposita la pequeña cáscara repleta de luz en potencia de futuros asombros en un cuenco cavado entre la tierra.

La cubre con una pequeña pala la riega con una regadera anaranjada.

Pasa la brisa sobre los jardines del templo de Genji la siente Koyu Abe en sus manos salpicadas por el agua.

En una bolsa de tela colgada en el regazo lleva unas decenas o cientos de semillas.

Es aún muy de mañana y sembrar cada una es su tarea y cubrirla y regarla con su regadera anaranjada.

Un millón de girasoles habrán de alfombrar pronto los jardines de Genji y los huertos aledaños.

Monjes, campesinas, todos habrán de tener manos humedecidas por el agua que riega los futuros asombros amarillos de los niños, las que serán luces piadosas para ojos extenuados.

Koyu Abe no conoce a Van Gogh, mas pinta girasoles con su pala. Koyu Abe, cuya mirada divisa, en lontananza, los perfiles grisáceos de los silos nucleares.

A la vera de Fukushima se levantan los jardines del templo de Genji y es preciso purificar el cielo, purificar las aguas, purificar el suelo, purificar los soles sembrando girasoles.

No es un efecto estético, me dice Koyu Abe, en el silencio de la imagen: las raíces absorben los metales pesados y del veneno nace, como si tal, la flor.

Mas es verdad que también la belleza purifica por sí misma,

acota el holandés, saliendo del silencio de la tela, y Koyu Abe me extiende una bolsa de semillas de cáscaras repletas de diminuta luz.

La enorme regadera anaranjada me la alcanza Van Gogh.

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