Iván Oñate -Ecuador-


Tango

Bendito seas tango, porque en mis noches de rabia y dolor me abracé a tí sin importarme quién ponía la música y quién el llanto, quién esta niebla de adiós, quién el reiterado argumento.

Bendito seas, pendenciero ritual que en tiempos lejanos únicamente te profesaron los hombres. Ateridos rufianes que tras demostrar la profundidad de su amor con un cuchillo, se abrazaban para el baile y enrumbaban hacia las puertas del amanecer con la misma cadencia con que sus pasos medirían la larga soledad de la prisión día tras día, ida y vuelta.

Taciturnos amantes que en algún giro del bandoneón, daban un salto y caían en la puntual cita con el destino, en la atroz partitura escrita desde siempre.

Tango, crucifixión en smoking, curioso funeral donde los muertos de amor asisten a su propio velatorio, engominados, y con un corazón de plata disparado al pecho.

Brusca melodía, en cuyos sótanos aún se percibe el relámpago de la espada o el de ese otro rayo, quizás más modesto, el puñal con que se escriben las épicas puertas adentro.

Bendito seas porque en la nieve sucia de este amanecer, algún desesperado, algún muerto de amor, en este momento se engomina y te baila en llamas abrasado por su sombra.

Tango

Bless you, tango because in nights of rage and pain I took you in my arms without caring who provided the music the tears, this farewell fog, who the recurrent story.

Bless you, scoundrel ritual only by men professed in faraway times. Freezing rogues who after showing the depth of their love with a knife, embraced for the dance and stepped towards the doors of dawn to the same cadence with  which their steps would measure the long prison solitude day after day going and coming.

Taciturn lovers who in a turn of the concertina took a leap and dropped upon the prompt rendezvous with destiny, on the dreadful score written before time.

Tango, crucifixion in tuxedo, strange funeral where love’s dead attend their own wake, their hair greased, a silver heart shot into their chest.

Rough melody, in its cellars you can still catch a glimpse of the sword or that other lightning bolt, perhaps more modest, the knife with which epics are written indoors.

Bless you because on the soiled snow of this dawn, a desperate man, some man dead of love, greases his hair right now and dances you in flames burnt by his shadow.

Translated by Leticia Damm