José Gustavo Melara -El Salvador-

José Gustavo Melara TAPFNY 2016

José Gustavo Melara (Usulután, El Salvador, 1969) has lived in the United States since 1983. He did his undergraduate and graduate studies in New York, Colorado and Cincinnati. He lives in Boulder, Colorado, where, since 1995, he teaches Spanish and Humanities at Front Range Community College. Some of his work and translations of poets like Walt Whitman and Wallace Stevens have been published in different magazines in Mexico and the United States. In 2015, Elitro Editorial published his first book of poems, En sus pupilas una luna a punto de madurar.

Cinco segundos del Siglo XX Se respira un lirio sin lluvia, disuelto y a la sombra de la máquina de escribir,                               buscando la mano derecha de Roque.  Oculto. Viene (ellos) sobre rizomas y vanos líquidos; aspas de geranios crecen en el rumor de un verbo mientras disimulan la expresión de ligeros rotos, variaciones sobre un tema (en) gris que en estos días llega mientras nos zambullimos en la suerte de unos cuchillos, o agarramos maromas de sal con sudario, o nos zambullimos en unas soledades de bolígrafos, o en ciertas armonías de aura que topan con cuerpo rígido, disperso entre los secretos de un caimito: cómo no, y tengo (tienen) hambre (desde antes y luego); y giran alrededor hojas de periódicos, acertando en la concupiscencia no realizada, dejando [apenitas en el último soplo los acontecimientos, ah, cómo disfrutábamos después de haber cavado este barbecho, pleno de esperanzas amarillas, ensimismado, solitario si llovía, y que aún ve crecer su imagen en la arena: porque sucede que el polvo se rompió en mil pedazos y acecha, y la noche quedó herida a mitad del camino, y el libro que leía se ahogó en sus palabras, y la rosa dejó de ser infinita, y el cielo se afeitó la barba, y la pluma no se corrió por conjugarse en papiros gastados, y el viento se marchó a unas estalactitas que lo someten a su antojo, y la lámpara nos ayuda a descubrir cierzos con cara de viernes, y la inmensa y tibia luz de esta mañana –pecho azul- ha empezado a iluminarse a sí misma, y las sábanas que habían dejado dudas comenzaron a hincharse de solitarios cuerpos, y las manos, tuyas y mías, se volvieron calculadoras y mensajeras del olvido, y el olvido comenzó a deformarse y ya no lo recordamos, y el libro que sostenía en las manos se quedó sin memoria, y el café que nos regalaba horas demás se volvió tortugas sin patas, y la masa que entraba al horno se volvió niño, niño, niño, y salió niño de ceniza inolvidable, tuyo o mío, ni rey ni infinito, encogiéndose y apretándonos el corazón, y nuestros niños gritan con alfileres en la garganta, y se retuercen y quedan bajos como sombras de hormiga, y hieren al sueño y a la soledad y a la mirada, aunque sean muy pocos los ojos que ven más allá de su propia luz; y una madre se coloca un chal verde sobre los hombros y las orejas, y las mariposas todavía se hunden en una tierra voluptuosa en omisiones, y los apellidos Markowitz o Trejo o Ntaryamira apenas alimentan la memoria, y esa mujer dispuso alquilar sus escrúpulos para el bien de todos, y esos niños otra vez, en franca humareda, nos confrontan con voz de cabello abrasado, y a las madres no les alcanzan las lágrimas que, antes de caer entre los huesillos de los girasoles, [ya son vaho, y una boca llena de balas concede una entrevista en que se construyen visiones de tumba, y los sueños –mármol rojo- de acordeónico padre ceden paso a las arañas con patas de horno, y el silencio queda alborotado, sin saber qué hacer, como lámpara sin libro ni habitación, y la calle no se conmueve ante los retazos de estrellas que al dar en la piel se cuajan de escarcha, y el caballo verde se oculta entregándose a la meditación de unas raíces que se hunden en el cielo, o en un campo sembrado de escleróticas, o en una casa con mesa, cuarto y corazón desocupados: el metal y la pólvora y el humo van levantando estalagmitas.



Five Seconds in the 20th Century

You may smell a withered lily, broken and under the shade of a typewriter,                                               searching for Roque Dalton’s right hand.  Hidden. He comes (they) stepping on rhizomes and liquid interstices; geranium-blades grow in the rumor of a verb that pretends to hide slight ruptures, variations on a (gray) theme which these days arrive while we dive into the fate of knives, or grab tight ropes made of salt and shrouds, or dive into the solitudes of pens, or into some harmonies which come across a rigid body, dispersed among the implosions of a blueberry: yeah, and I am (are) hungry (then and later); and the pages of several newspapers go round and round, alerting on the concupiscence that hasn’t been realized, leaving (hardly) the events for later; alas, how we used to enjoy ourselves after having dug a fallow, full of yellow hopes, losing itself, solitary if it rained, seeing its image grow in the sand: Because it happens that the dust was shattered into a thousand pieces and now it lies in wait, and the night remained wounded in the middle of a road, and the book I was reading drowned in its own words, and the rose is no longer infinite, and the sky shaved its beard, and the quill has not flown since it began writing on worn papyruses, and the wind went away to die around stalactites that subjugated it as they pleased, and the lamp has helped us discover north winds with a Friday face, and this morning’s dim and immense light –blue chest- has begun to illuminate itself, and the blankets, which had many doubts left under them, started to swell up with solitary [bodies, and some hands, yours and mine, feel cold and have become messengers of oblivion, and our oblivion has been disfigured and we don’t remember it any longer, and the book which I hold in my hands has no memory, and the cup of coffee which gave us extra hours became a turtle with no legs, and the dough going in the oven was transformed into a child, child, child, and it came out as an ash-child, shrunk, unforgettable, yours and mine, neither a king nor infinite, crumpling the heart, and our children cry, cry, cry with needles in their throats, and they writhe in pain and remain low like shadows of an ant, and they wound our sleep and our loneliness and our eyes even if there are very few eyes that see beyond their own light; and a mother places a shawl over her shoulders and ears, and butterflies still drown in a land voluptuous in omissions, and the last names Markowitz or Trejo or Ntaryamira  hardly mean anything, and that woman decided to rent her scruples for the good of everyone she knew, and the children again, going up in smoke, confront us with their-burnt-hair voices, and mothers don’t have enough tears, which, before falling on the little bones of a sunflower, [are already steam, and a mouth full of bullets concedes an interview in which visions of a tomb are constructed, and the dreams –red marble- of an accordion-like father lets spiders with oven-legs come in, and our silence remains agitated, not knowing what to do, like a lamp with neither a book nor a [room, and the street is not moved before the remnants of a star become frost upon reaching the skin, and the green horse hides and surrenders the roots sinking in the sky, or in a field planted with retinas, or in a house with an empty table, bedroom and heart: metal and gunpowder and smoke are rising stalagmites.

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