María Bonilla -Costa Rica-


 

XI.

There are many days in one minute, wrote Shakespeare.

However, I always, always arrived at the exact time, I write.

At life, at 10:30 at night, carrying the inscription of my father’s genetic code, of his lineage as a father in this body of mine, hieroglyph of my sorrows. At my childhood, twice: at 11:30 on a Sunday morning, when my sister was born and on a Thursday at noon, when my brother was born. And as the poet said: the song sounded different in the morning, in the evening and at night. At my adolescence, another Sunday at 3:30 in the afternoon, when my father died.

And the harsh and dry solitude appeared through my window. And the bronze eyes of Leonora Carrington’s curious cat, stared at me from a roof’s red tiles in the city of broken dreams and I vomited when I read that the miserable husband of poor Rosalia de Castro, thought that a woman must be without action, without biography.

At maturity, I arrived several times: one Monday at 2:30 in the afternoon when they diagnosed my illness, one Thursday at 5:30 in the evening when my son was born, one Saturday at 6 in the evening when his father left the house…

And the deaf and opaque solitude leaned on my door frame. And like Valle Inclán, I was a metaphor of the left arm’s amputation, believing, like him, that reality is not like it is, but how it is remembered.

I arrived at old age, on a Tuesday, at 9 in the darkest of nights, -or one Thursday morning, very early that I no longer remember- when I learned that you had died.

And the hard and deaf solitude sat on one of my armchairs. And I was a half-naked woman in a hotel room, before a sandwich that looked at me suspiciously.

And I arrived at my old age again, on a Sunday -ill fated Sundays- at 6 in the morning when I took a plane to never come back.

One by one the four seasons of this life endlessly short, parted without me and left me behind, without giving me time to follow them.

Wind of the dawn,

bless and protect the women who walk in pieces, running away from whoever disfigured them with acid or cut them in two with a machete.

XI.

En un minuto hay muchos días, escribió Shakespeare.

Y sin embargo, llegué siempre siempre a la hora exacta, escribo yo.

A la vida, a las 10.30 de la noche, cargando la inscripción del código genético de mi padre, de su linaje de padre en este cuerpo mío, jeroglífico de mis pesares. A mi infancia, dos veces: a las 11.30 de una mañana de domingo, cuando nació mi hermana y al mediodía de un jueves, cuando nació mi hermano. Y como dijo el poeta: la canción sonó distinta en la mañana, en la tarde y en la noche. A mi adolescencia, otro día domingo a las 3.30 de la tarde, cuando murió mi padre.

Y la soledad áspera y seca se asomó por mi ventana. Y los ojos de bronce del gato curioso de Leonora Carrington, me miraron fijo desde las tejas rojas de un techo en la ciudad de los sueños quebrados y vomité cuando leí que el infeliz esposo de la pobre Rosalía de Castro, creía que la mujer debe ser sin hechos, sin biografía.

A mi madurez, llegué varias veces: un lunes a las 2.30 de la tarde cuando me diagnosticaron mi enfermedad, un jueves a las 5.30 del atardecer cuando nació mi hijo, un sábado a las 6 del anochecer cuando su padre se fue de la casa…

Y la soledad sorda y opaca se apoyó en el quicio de mi puerta. Y como Valle Inclán, fui metáfora de la amputación del brazo izquierdo, creyendo, como él, que la realidad no es como es, sino como se la recuerda.

Llegué a mi tercera edad, un día martes, a las 9 de la más oscura de las noches, -o una mañana de jueves, muy temprano que ya no recuerdo- cuando supe que habías muerto.

Y la soledad dura y muda se sentó en uno de mis sillones. Y fui una mujer semidesnuda en un cuarto de hotel, ante un emparedado que me miraba desconfiado.

Y volví a llegar a mi tercera edad, un domingo -aciagos domingos- a las 6 de la madrugada, cuando tomé un avión para nunca más volver.

Una a una, las cuatro estaciones de esta vida interminablemente corta, se fueron sin mí y me dejaron atrás, sin darme tiempo de seguirlas.

*

Viento del amanecer, bendice y protege a las mujeres que caminan, en pedazos, huyendo de quien las desfiguró con ácido o las partió en dos con un machete