Marisa Russo



Marisa Russo (Buenos Aires, Argentina). Poeta, editora, emprendedora literaria y profesora adjunta de Hunter College, City University of New York. Magíster en Literatura Hispanoamericana y Peninsular (Hunter College, CUNY). Candidata doctoral de la Universidad de La Salle en Educación, Costa Rica. Fundadora y directora de Turrialba Literaria y Nueva York Poetry Press, co-fundadora y co-directora de Nueva York Poetry Review. Directora del Festival Latinoamericano de Poesía Ciudad de Nueva York y presidente del FIP Turrialba, Costa Rica. Embajadora cultural de Academia Norteamericana de Literatura Moderna Internacional de Nueva York. Su obra ha sido traducida a diferentes idiomas y se encuentra publicada en antologías y revistas literarias. Ha participado como invitada en festivales, ferias del libro, conferencias y encuentros en EE.UU., Costa Rica, Nicaragua, Colombia, Ecuador, México, España y Argentina. En 2019 el Festival Internacional Grito de Mujer del Movimiento Mujeres Poetas Internacional le otorgó el galardón. “Mujer Alada”. En 2022 recibió un reconocimiento del Condado de Suffolk, Long Island por sus contribuciones a la literatura y al desarrollo cultural artístico y poético. La ciudad de Monte Hermoso, Argentina le declaró Huésped de Honor por su participación en el V Encuentro Internacional de Escritores La Luna con gatillo (2022). La Ciudad de Rosario, Argentina la declaró Visitante Distinguida en reconocimiento durante una serie de lecturas junto a los poetas de la provincia. Publicaciones: El idioma de los parques / The Language of the Parks (2018) – Mención de honorífica International Latino Book Awards: Best Poetry Book, Jardines Colgantes (2020) y El cielo comienza en las raíces (2020) y La joven ombú (2022).



MALVINAS PARK

Les tocó en suerte una época extraña.

El planeta había sido parcelado en distintos países.

JORGE LUIS BORGES

Yo no sé de guerras, ni de dictaduras, solo sé de terruños que escarban las entrañas de la infancia.

Del otro lado del teléfono, a miles de kilómetros, clamaba Lito, el hermano de mi padre: “¡Vamos ganando la guerra!”. Papá no le dijo nada, después de colgar lloró. Salimos de la casa como de un funeral.

En el colegio un compañero ―de una Costa Rica remota― atinaba a lanzarme bolitas de papel como proyectiles. Estremecía mi enojo hasta el salón de estudios sociales. Me hubiese gustado apagar con fuego de triunfo el murmullo de la clase: “¡Ojalá pierdan la guerra!”.

Yo iba tejiendo el manto de neblinas que nunca olvidaré. Tarareaba un himno humillado mientras mis ojos se clavaban en el césped.

Las mellizas extranjeras de la patria, así las bauticé en mi mente.



LOS JARDINES COLGANTES DE LA ABUELA

El patio de Estela era un escenario de cortinas de hiedra. Desde ese refugio en el doceavo piso en Buenos Aires, ella lenguejeaba con Sábato, “No hay nada mejor que beber mate contigo”.

Un día, mientras pedaleaba la máquina de coser, me confesó que detestaba a Borges. No se lo dije, tenía Ficciones en el fondo de la mochila. Me sentí como quien oculta a un noviecito.

La abuela jamás mateaba, tampoco leía a Borges ni conocía en persona a Sábato.

Disfruto con un deleite oculto sus relatos. Me digo casi orando: “Ojalá algún día, pueda escalar sus enredaderas”.

En este abril, entre Borges y yo, están las manos blancas de la abuela.



MADISON SQUARE PARK

Las ardillas del Madison Square Park reconocen los pasos de Harley y Lucy entre los miles de ecos. La bandada de palomas tiende un manto sobre sus cabezas desde la esquina hasta la rotonda. Una colonia de sombras con cola los adopta. Una de ellas se sube por los pantalones de Harley hasta su hombro, y le cuenta un misterio del otoño. Crujen las castañas en su bolsillo. Le susurra a una colorada: “Tracy, tienes cola de rata, porque te comes las papas fritas de los turistas”.

Los ojos claros de la pareja ven a los niños jugar con las burbujas. En el jardín aledaño meditan los chicos del yoga. Escuchan el sollozo de las fuentes y el bostezo de las estatuas que esperan la llegada del sereno.

Lucy pone alpiste en sus palmas y las palomas como manto caen del cielo a sus pies. Unas pocas se posan sobre el piano de un estudiante, siguen la orquesta, y la mano de Lucy les enseña el orden del universo.

Los canes conducen a sus dueños hacia Lucy. Ella conoce el nombre de cada una de las criaturas de su reino.

Harley habla el idioma de las ardillas,

Lucy, el del delirio y el vuelo.



TRÍPTICO DEL RUMOR

a José Fermín Blanco, in memoriam.

I. Infancia

Te sientas en el centro del parque

y es cualquier país,

escuchas

“cierra los ojos, estoy girando en torno tuyo”.

En el Parque Avellaneda de Buenos Aires

la calesita giraba en sentido contrario al reloj.

El abuelo, entre cigarro y humo, me pasaba el boleto.

Yo saltaba de lomo en lomo de las bestias,

de la cólera del dragón a la tristeza del caballo:

“El unicornio ha extraviado su cuerno”,

me decía el operador de aquella órbita.

No era leyenda el dolor supuesto,

lo revelaban túneles ocultos en la historia.

El padre de mi madre me tomó de la mano,

abordamos el pequeño tren

y cruzamos el puente de las glicinas.

Lloraban sobre nosotros los jacarandás,

como si supieran que alguno de los dos

se convertiría en rumor, en el polvo de otros parques.


II. Juventud

Un día tomé el avión fuera de la calesita,

la vida giraba al sentido del reloj.

Ya no era una niña.

Llegué a Turrialba y sentí la respiración del parque,

Escuché el mismo rumor:

“cierra los ojos, estoy girando en torno tuyo”.

La boca del volcán me llamó por mi nombre.

Cerré los ojos, imaginé las bestias ausentes,

mi cabalgata de lomo en lomo:

el parque siempre estuvo en mi interior.

III. Madurez

Abrí los ojos y me encontré frente a Champs de Mars.

Las equinos de la calesita subían y bajaban desolados.

Mis sentidos se apatriaron en la infancia.

¿Habrá recuperado su cuerno el unicornio?

Un hombre a la entrada me dijo:

“Señorita, aquí solo entran niños”.

A mi alrededor todo era de cemento,

el juego mecánico giraba al revés.

* * *

En Los Claustros del Metropolitano de Nueva York,

entre relinchos de metal como campanas,

hallé el cuerno en la serie de tapices medievales.










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