Eduardo Moga


Eduardo Moga (Barcelona, 1962) holds a PhD in Spanish Philology from the University of Barcelona. He has published 18 poetry books, the main ones being La luz oída (1996), Las horas y los labios (2003), Cuerpo sin mí (2007), Bajo la piel, los días (2010), Insumisión (2013), Mi padre (2019), and Tú no morirás (2021). He has translated Frank O’Hara, Charles Bukowski, Carl Sandburg, William Faulkner, and Walt Whitman, among other American authors. He currently writes as a literary critic for Letras Libres and Cuadernos Hispanoamericanos. He has also published travel books and several volumes of diaries and essay. He has been director of the Editora Regional de Extremadura and coordinator of the Reading Promotion Plan of Extremadura. He maintains the blog Corónicas de Españia.


La traducción al inglés es de Terence Dooley


[HA VENIDO LA MUERTE…]

Ha venido la muerte: era una furgoneta o un gorrión. Un sudor blanco ha encendido la piel donde se resquebrajaban las horas, la barba constelada de silencio, los cuchillos con que inscribía mi desaparición en la corteza del sueño.

Le he chupado la lengua a la muerte: es áspera y morada. Mis papilas han tejido con sus papilas un cañamazo de sombras. He dejado en la mesa el lápiz, el cuerpo, lo que tuviese en los ojos, para abrazar con más fuerza su helado fulgor. Y he sentido miedo.

La muerte comparece siempre que paseo, que mastico, que copulo, que llamo por teléfono, que muero. La muerte tiene treinta y ocho años y las manos con que hago la cama, con que me lavo los dientes, con que doy cuerda al reloj, con que ordeno mis libros, con que escribo, en este instante, las palabras del poema. La muerte me respira cuando hurgo en las ingles tibias y anochecidas. La muerte habla el idioma de las células y los planetas. La muerte vacía los espejos e interrumpe los huesos. La muerte, como una flecha disparada contra un agua infinita, atraviesa el bosque de las cosas y se clava en la irrealidad de las cosas. La muerte bautiza a los hijos y devora sus nombres. La muerte se llama Eduardo.

Me acuesto. Oigo el oxígeno, que resuena como una chapa golpeada por las sombras. La respiración habla, como la piel, y ocupa el espacio en que me desvanezco. El corazón habla, también, y respira, flor encarcelada, con apenas esa pausa de silencio que sutura el redoble interminable, la sepultura interminable. Lo sé ahí, en la cripta de la carne, bajo la techumbre ósea, alimentando este extravío, el letargo que nos mueve, el gélido adentrarse en la noche del tiempo; me insta a seguir, pero me recuerda que me disipo. Y me asombra que exista, su luz inaccesible y mansa, su oscuridad febril, el ritmo que es solo e insólitamente ritmo; y me asombra existir: este mecanismo triste, pero entregado, sin porqué, al mundo.

Nacen, de pronto, los muertos: en la mesa del restaurante, en el escarabajo que se esconde entre las raíces de un árbol, en el perro que defeca junto a una tapia casi vencida, en el cielo. Y me miran, como si quisieran conducirme al fuego exhausto en el que reposan. Me mira el padre, cubierto por la hiedra de la fragilidad, cuyos ojos son pelotas de dolor que arriban, descabaladas, a mis manos. Me miran quienes confiaron en mí y fueron traicionados, quienes me vieron plantar la semilla de la ira y me entregaron después el fruto de la ira, quienes consumieron su amor en mis hogueras. Me miran hombres y mujeres convertidos en pájaros negros que atraviesan un aire negro. Me miro yo, desde el barro de mí, arrasado de perecimiento, carne en lo que carece de carne, corazón azotado por la conciencia, consumido, por el miedo, hasta la desencarnadura. Mis ojos serán también un destello lúgubre cuando otros caminen por estas calles que me impregnan de polvo y obscenidad, o cuando se pregunten por qué arde el sol o por qué nos baña el tiempo o por qué olvidamos a quienes hemos amado. Mis ojos, talados, mirarán a los vivos y harán más exactos su náusea y su latido.

La muerte es el pájaro que se posa en la rama, la mano del niño sin el niño, las pupilas abrasadas por la nieve, el exilio del oro, el oro languideciendo en un turbión de labios y explanadas, lo incomprensible.

La muerte es una rosa triste en el centro de la sangre.

[Poema XX de Las horas y los labios, DVD, 2003]



[DEATH CAME…]

Death came, like a delivery-van, like a sparrow. White sweat lit up my skin where hours shattered, my beard constellated with silence, and the knives I used to carve my epitaph into the bark of sleep.

I sucked death’s tongue: it’s rough and purple. My taste-buds wove with his taste-buds a canvas of shadows. I set down my pencil, my body and whatever was in my eyes, the better to embrace his icy glow. And I was afraid.

Death appears whenever I walk, chew, copulate, ring someone up, die. Death is thirty-eight years old, and his hands are my hands when I make my bed, brush my teeth, wind my watch, tidy my books, write this poem. Death inhales me when I caress your warm dark sex. Death speaks the language of cells and planets. Death empties mirrors and breaks into bones. Death, like an arrow shot at an endless ocean, slices through the forest of things and penetrates the unreality of things. Death christens children and devours their names. Death’s name is Eduardo.

I get into bed. I hear oxygen, tolling like sheet-metal struck by shadows. My breath speaks, so does my skin, and they fill the space I vanish into. My heart speaks too, and it breathes, a locked-up flower, barely pausing for the brief silences that suture the never-ending drum-roll, the interminable tomb. I feel it here in the crypt of flesh, under the bony roof, feeding this lostness, the lethargy shifting us, the frozen entrance into the night of time; it urges me on, but reminds me I’m wasting away. And its existence, its mild inaccessible light, its febrile dark amazes me, its rhythm which is only and strikingly rhythm; and that I exist amazes me: this sad mechanism, for no good reason, committed to the world.

Suddenly, the dead live: in a restaurant table, in a beetle hidden among tree-roots, in a dog crapping by a toppling wall, in the sky above. And they gaze at me as if they wanted me to follow them, into the quenched fire where they rest. My father stares at me, overgrown with the ivy of frailty, and his eyes are balls of pain; they plummet into my hands. Those who trusted me, whom I betrayed, those who saw me plant the seed of wrath, and handed me the fruit of wrath, those whose love was consumed in my flames, gaze at me. Men and women, become black birds flying through black air, gaze at me. I gaze at myself, from the clay of myself, smooth with extinction, fleshless flesh, heart besieged by conscience, consumed, by fear, flayed bare. My eyes will be dark lightning when others walk down these streets that marinate me in dust and obscenity, or when they wonder why the sun burns, why we slosh about in time, why we forget people we once loved. My severed eyes will gaze at the living and exacerbate their nausea and heartbeat.

Death is the bird alighting on the branch, the child’s hand minus the child, eyes scorched by snow, migrant gold, gold languishing in a whirlwind of esplanades and lips, death is unfathomable.

Death is a joyless rose in the epicentre of blood.


Elogio del jabalí

España es una viña devastada por los jabalíes del laicismo.

Benedicto XVI, Obispo de Roma, Vicario de Cristo, Sucesor del Príncipe de los Apóstoles, Príncipe de los Obispos, Pontífice Supremo de la Iglesia Universal, Primado de Italia, Arzobispo y Metropolitano de la Provincia Romana, Siervo de los Siervos de Dios, Padre de los Reyes, Pastor del Rebaño de Cristo, Soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano y, hasta 2006, Patriarca de Occidente [Joseph Aloisius Ratzinger, Inquisidor General entre 1981 y 2005]


Ha venido a restaurar la viña devastada por los jabalíes. A mí me gustan los jabalíes: su salvajismo sin ambages, su ferocidad rectilínea, su despreocupada aceptación de lo que son; y me gusta su cabeza, sola o cubriendo una rebanada de pan con tomate. Los recuerdo en Azanuy, cuando los cazadores los traían de la sierra, abatidos, y los colgaban de un gancho en la calle, a la puerta de sus casas, para que admiráramos su proeza. Allí se quedaban los suidos, flojos como títeres sin hilos, con la cabeza derrengada y un boquete en la tripa, circundado por una sangre que olía a romero, y el morro entreabierto, por el que asomaban los berbiquís pavorosos de los colmillos y el triángulo rusiente de la lengua. Y yo sentía, en aquella fuerza descabalada, la representación de mi propio fracaso: la vulnerabilidad de los músculos y las justificaciones, la endeblez de cuanto edificamos para protegernos, el esqueleto de la nada. Los jabalíes devastan los sembradíos, es cierto, pero solo para alimentarse o esconderse: su acción es individual, o, a lo sumo, familiar; lo cultivado, en cambio, exige el sacrificio de muchos, no siempre partícipes de su provecho, y se alimenta de mierda, y estraga la tierra que lo amamanta. La voracidad del jabalí no es superior a la de la viña: aquel come para sobrevivir, en una tarea exigua y singular; esta esquilma el suelo, consume recursos y esperanzas, e irroga a la naturaleza los perjuicios de la explotación intensiva, y a los hombres, los de la propiedad privada. El jabalí es lo entero, lo beato, lo axiomático: el jabalí se comporta como un cerdo, porque es un cerdo: no lo disimula, a diferencia de la viña, que procura una devastación más sutil: la que se camufla en arquitectura; la que justifica una ebriedad metafísica. La viña es lo alquímico, el artefacto, lo dual: lo que desmineraliza lo real, la solidificación de una entelequia, el bálsamo de la borrachera. Los jabalíes consumen lo que ven: vides, batracios, planetas. Y lo hacen hincando el marfil negro de sus incisivos en la carne del aquí, en la evidencia de los pámpanos que cuelgan o del sufrimiento que nos ahoga, de la tierra que se traga los cadáveres y la lluvia, o de la ausencia que se traga a los hombres. Las viñas crean el fantasma del orden, el alivio sonámbulo de que haya fruta o vino, la ceguera deliberada de que las estrellas envejecen, y los afanes son insignificantes, y lo eterno, provisional. No hay jabalíes ensoberbecidos por la humildad, ni partidarios de una eternidad insoportable [«Rechaza otro existir, tras consumida/ mi ración de este guiso indigerible./ Otra vez, no. Una vez ya es demasiado», escribió felizmente Fonollosa], ni catecúmenos de laboriosos mistagogos: sus misterios son los de la viña, los de la vida. El lenguaje de los jabalíes es un lenguaje cazcarriento, engualdrapado de pelo, sin otro propósito que el de ser jabalí, con la debilidad propia de su vigor irracional, con la tragedia de tener cuatro patas y una muerte, con el dolor de las pezuñas cuando huye y el placer del falo cuando se aparea, es decir, cuando se asegura de que haya más devastadores de viñas, menos códigos sembrados, menos refutaciones de que el hambre es solo necesidad de energía, y el corazón, un músculo momentáneo, y la trascendencia, una invención del miedo; y de que el infinito existe, y se llama jabalí. El jabalí no se compadece: actúa, según lo que perciba, con toda su irrelevancia y su grandeza, con su plenitud y su animalidad. El jabalí no atribuye significados morales a los hechos de la naturaleza, ni, por lo tanto, cercena la vastedad de lo posible con la chirla de sus limitaciones. El jabalí no establece metáforas maniqueas, ni se pronuncia contra otros hijos de la creación, ni otorga carácter objetivo a la presencia de un mal que solo existe en su conciencia. El jabalí no banaliza el amor, generalizándolo industrialmente. El jabalí es paciente, no tiene envidia, no presume ni se engríe; no lleva cuentas del mal, porque no conoce el mal: porque el mal no le ha sido impuesto; el jabalí no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad de su ser devastador, de la viña devastada, de su saludable devastación. Y no tiene miedo: reacciona, pronto al combate o a la huida, sin considerar la humillación del premio ni la desproporción del castigo, sin reconocer siquiera la infamante existencia de un juez. El jabalí no reprende, no adoctrina, no episcopa, porque el tiempo es esa viña que devora, el presente de esa viña mortal, que enciende de vida sus entrañas. El jabalí no se engaña, ni obedece, ni se transustancia: solo mastica los granos de uva con la certeza de que ese alimento es su presente y su eternidad. El jabalí no ha sido domesticado, ni conoce la afrentosa logomaquia de la enología, ni bebe de otro cáliz que el cáliz de su pecho ancho, y su falo incisivo, y su irreprochable fragilidad. El jabalí, a diferencia de la viña, depende de sí, de la astucia con que sobrepuje al viticultor, sin su salmodia agropecuaria. La viña, en cambio, late con una armonía impostada: la del designio, el mismo que impele a los teólogos y a los chamarileros. Es reconfortante embutirse en la coraza del orden, inocularse razón. Pero es la razón de los manicomios, adicta a las benzodiacepinas eucarísticas, como si la realidad fuera algo distinto de lo que podemos aprehender, como si la locura necesitase de una exégesis que la atemperara, como si debiéramos aplaudir que, en lugar de un roble, o un volcán, o nada, haya ingeniería, o arcángeles, o vida. Los jabalíes observan un comportamiento sociable, que incluye relaciones intergeneracionales solidarias, como que los escuderos, los ejemplares jóvenes, acompañen a los macarenos, los más ancianos del grupo, para aprender de su experiencia, a cambio de sus cuidados; los jabalíes son afectuosos y abnegados con su prole; aman a las jabalinas con denuedo, hasta olvidarse de comer; entierran semillas y esponjan el suelo al hozarlo, en busca de tubérculos o lombrices, favoreciendo que se humedezca y, por lo tanto, que germine; ayudan a controlar las poblaciones de roedores, insectos y larvas perjudiciales; y mueren con violencia, y hasta con crueldad, a manos de los cazadores, muchos de los cuales son católicos. Los jabalíes son moralmente superiores a los católicos, que abandonan a sus mayores en asilos pestilentes o en gasolineras de autopista, maltratan a sus hijos o sus mujeres, y cometen adulterio o fornican con rameras o compañeras de trabajo. Los jabalíes no solo comen las uvas de las viñas: son omnívoros, más aún, son teófagos, y en esto se equiparan a los católicos: devoran todos los signos de la creación y, con ellos, al creador mismo. Los jabalíes decoran con sus cabezas —esas que previamente nos han proporcionado la gloria de su embutido— los vestíbulos de los viticultores, y nos miran, desde su altura asesinada, con el estupor glaseado de sus ojos de cristal y su lengua equilátera. ¿Por qué?, parecen preguntar, ¿por qué cultiváis estas viñas obstinadas, que no tenemos más remedio que devastar, que os enajenan, recluyéndoos en la quimera de una vida perdurable, en el redil de la obediencia al padre, con su abominable amor —que os ha condenado a la enfermedad, a la vejez y la muerte—, envileciéndoos de simetría y de trabajo, llenándoos de esperanzas inverificables, confinándoos en las fronteras artificiales de la viña o en la viña sin huríes de ultratumba? Los jabalíes no se dejan sobornar: no esperan retribución por devastar la viña. Lo hacen porque han de hacerlo, porque no saben hacer otra cosa, porque es propio y encomiable y natural que un jabalí devaste las viñas, aunque no sepa que lo hace, ni por qué: esa ignorancia también es el jabalí. Él morirá, la viña morirá, morirán también el viticultor y los nietos y los tataranietos del viticultor, todo acabará muriendo en un aquelarre inconcebiblemente devastador de acontecimientos siderales, indiferentes a los jabalíes y a las viñas que hayan devastado, como la conclusión previsible de este transcurso sin otro sostén que la inestabilidad, sin otra certidumbre que el hombre y el hambre, que el fuego y la extinción.


Coda

Durante siglos, la Iglesia ha sido el jabalí que devastaba la viña de la libertad de conciencia y el espíritu crítico. [Aún hoy, hinca todo lo que puede las pezuñas en el predio de la ciudadanía]. De haber vivido entonces, habría compuesto un elogio de la viña.

[De Insumisión, Vaso Roto, 2013]


IN PRAISE OF THE WILD BOAR

Spain is a vineyard laid waste by the wild boars of secularism.

Benedict XVI, Bishop of Rome, Vicar of Christ, Successor of the Prince of Apostles, Prince of Bishops, Supreme Pontiff of the Universal Church, Primate of Italy, Archbishop and Metropolitan of the Roman Province, Servant of the Servants of God, the Father of Kings, Shepherd of the Flock of Christ, Sovereign of the State of Vatican City and, until 2006, Patriarch of the West [Aloisius Joseph Ratzinger, Inquisitor General between 1981 and 2005]


He has come to replant the vineyard devastated by wild boars. I like boars: their no-nonsense savagery, their unhesitant ferocity, their carefree acceptance of who they are; and I like their heads, in themselves, or on a piece of bread with tomato. I remember in Azanuy, when the hunters brought them down from the mountains and hung them on hooks by their front doors, for us to admire their prowess. There they hung, the swine, floppy like puppets unwired, with their lifeless heads and a hole in their guts, surrounded by blood smelling of rosemary, with their snouts gaping, through which protruded fearsome fangs like carpenters’ braces and a red triangle of tongue. And I saw, in that amputated strength, the image of my own collapse: the flimsiness of my muscles and motives, the debility of the ramparts we build to protect ourselves, the skeleton of nowhere. The boars lay waste to the corn, true enough, but all they seek is food or shelter: they act from instinct or, at most, herd instinct; but farming demands the sacrifice of many, you don’t always get your share of the harvest, and its fields are fed with shit, and it ravages the land that suckles it. The wild boar’s voraciousness is no greater than the vineyard’s: the former eats to keep itself alive, a basic task; the latter impoverishes the soil, consumes resources and illusions, and damages nature by the evils of over-exploitation, and man by the evils of private ownership. The boar is whole, blessed, axiomatic: it behaves like a boar because it is one: it doesn’t pretend to be anything else, but the vineyard seeks a more subtle destruction: one camouflaged as architecture; one encouraging a drunkenness of the soul. The vineyard is alchemy, artifice, duality: whatever saps reality, and coagulates dreams, the balm of alcohol. The boars consume what they see: vines, amphibians, planets. They do so by driving their black ivory incisors into the flesh of the here and now, into the fact of the laden vine or the suffering that suffocates us, the land that swallows bodies and rain, or the absence that swallows men. The vines create the ghost of order, the sleepwalker’s relief that fruit or wine exist, the willed blindness that stars age and desire is trivial, and the eternal, temporary. No boar is conceited of his humility, or an enthusiast for intolerable eternity (“Refuse to live again, once eaten your share/ of this indigestible stew./ Not again, no. Once was too many times”, as Fonollosa writes so well) or a catechumen of wordy mystagogues: its mysteries are those of the vineyard, those of life. The language of the boar is a mud-bespattered language, caparisoned with fur, with no other purpose than wild-boarness, with the weakness implicit in its irrational strength, with the tragedy of having four legs and one death, with pain in his hooves when he flees, and pleasure in his phallus when he mates, in other words, when he ensures that more vineyards are laid waste, fewer codes sewn, fewer denials that hunger is only lack of energy, and the heart muscle momentary, and transcendence an invention of fear; and infinity exists, and is called boar. The boar doesn’t waste time on self-pity: he acts according to what he experiences, in all its irrelevance and grandeur, in all its plenitude and bestiality. The boar attributes no moral meanings to natural phenomena, and so doesn’t sever, with the knife of his limitations the vastness of possibility.The boar does not coin Manichaean metaphors, or prate against other sons of creation, nor does he confer an objective reality on evils only present in his own consciousness. The boar doesn’t vulgarise love with vast generalities. The boar is patient, does not envy, does not boast, is not puffed up. He takes no account of evil, because he doesn’t know what evil is: because the idea of evil has not been foisted on him; the boar does not rejoice in wrongdoing, but rejoices in the truth of his devastating selfhood, in the vineyard laid waste, and in the rightness of its destruction. And he is without fear, reacts quickly, fight or flight, regardless of the humiliation of reward, or of disproportionate punishment, ignorant even of the diabolical existence of judges. The boar doesn’t condemn, or indoctrinate, or legislate, because time is the vineyard he devours, the present is the deadly grape, burning with life-giving fire in his belly. The boar won’t be fooled, won’t obey, won’t transubstantiate; he just masticates grape-seeds, sure that this food is his present and his eternity. The boar isn’t domesticated, and he knows nothing of the fancy vocabulary of oenology, and he drinks from no chalice but the wide chalice of his breast, and his incisive phallus, with its irreproachable fragility. The boar, unlike the vineyard, is self-reliant, relies on his cunning, to triumph over the farmer, without his agribusiness hymn-sheet. The vineyard, however, throbs with a phoney harmony: design, the watchword of theologians and shysters. It’s comforting to cram yourself into the breastplate of order, to inject yourself with reason. But it’s the reason of the madhouse, addicted to communion wafer tranquilisers, as if reality were something different from what we can in fact see, as if madness needed a diagnosis to calm it, as if we should be delighted that, instead of an oak, or a volcano, or nothing, there came into being engineering, or archangels, or life. Boars are social animals, with good relations between generations; the young keep company with the very old and benefit from their experience, and take care of them. Wild boar are affectionate and devoted to their offspring; they make love so valiantly to their females that they sometimes forget to eat; they bury seeds and turn over the soil as they root in it for tubers and worms, and this allows moisture to travel through it, and so aids germination; they keep down the numbers of rodents, insects and harmful larvae; and they die violently, even cruelly, at the hands of hunters, many of whom are catholic. Boars are morally superior to catholics who abandon their elderly in stinking nursing homes or at motorway service stations, abuse their children or their wives, and commit adultery or fornicate with prostitutes or colleagues. Boars not only eat grapes from the vine: They eat everything, more than this, they practice theophagy, much as catholics do: they devour any sign of creation, and thereby devour the creator himself. Boar-heads (those same boars who were once the glory of our table) ornament the vine-growers’ walls, and they stare down at us, from their murdered height, with astonished glassy eyes and equilateral tongues. Why?, they seem to ask, why cultivate these stubborn vines we have no choice but to lay waste, the vines that drive you mad, imprisoning you in the chimera of everlasting life, in the fold of obedience to the father, with his abominable love, which condemns you to illness, old age and death, grinds you down with symmetry and work, fills you with hope unverifiable, confines you within the artificial limits of the vineyard, or in the houri-less vineyard beyond the grave? Boars can’t be bribed: don’t expect a reward for laying the vineyard waste. They do it because they must, because it’s all that they know, because it’s right and proper and natural for a boar to lay waste to vines, though he doesn’t what he’s doing or why: this ignorance also defines the boar. He will die, the vines will die, and the vine-grower, his grandsons and great-grandsons too will die, the world will end in a howling witches’ sabbath of devastating planetary events, indifferent to the wild boar and the vines he laid waste, as the foregone conclusion of this process with no underpinning but instability, no certainties but man and famine, fire and extinction.


Coda

For centuries, the Church was the boar ravaging the vineyard of free-thought and free-speech. (Even today it does everything it can to trample down the layman.) If I’d lived in those tines, I’d have written in praise of the vineyard.



[SOLO, ALGUIEN, UNA SOMBRA CALCÁREA…]

Solo, alguien, una sombra calcárea,

un acto como extinguirse,

algo en el aire.

Solo, uno, huyendo,

dentro de la huida, en un arboleda de alquitrán:

horas sin amparo, en el centro del frío,

desoídas por la luz.

Solo, en el seísmo del silencio,

a este lado del agua,

ácueo,

solo,

y una columnata de fuego en la otra orilla,

fronteriza como unos labios entreabiertos,

pero sin más frontera que el tránsito,

hostigado por insectos que son peces que son hombres

que son nada,

por la crueldad de que nadie oiga,

por lo espectral.

Esa luz, que no miente.

Esa luz que se adhiere a su descomposición,

siendo hiel, siendo nadie,

instantánea como lo perenne

que la acucia,

siendo asfalto,

hierro, claridad,

noche,

transparencia,

suelo apenas, aunque ilimitado, para tanto ser

solo.

Dos puentes. Hielo oscuro. Luz asilada

en la levedad.

¿Qué ahogados caminarán con él,

tan solos como su sombra,

como su sombrero despeinado,

enraizados en la marea,

en la tierra deshuesada de la marea?

¿Cuántos solos ensolándose, aislados,

asolados,

en esta avenida febril de árboles, cuyo único final

es carecer de final, cuya sola misericordia

consiste en persuadir al caminante de su existencia,

aunque nadie sepa que existe;

o en el cielo, cuya negrura colinda con la tierra,

y escarba en ella, y sangra de sus dedos tenebrosos,

como los pasos que da,

en soledad,

el hombre solo?

Por el cielo andan otros hombres

como espigas fugaces, como espinas aéreas,

que se suman a la nada

del río y del tiempo

y del yo.

Solos.

Heces de pie, agua de pie, viento de pie,

hombre a cuyos pies acuden los cuervos, y las barcazas, y las botellas vacías,

y el vómito de otros hombres que han estado solos antes que él,

y la estela de cuantos han navegado por este silencio ennegrecido,

pero pies sin hombre,

hombre solo que camina

y muertos que caminan con él,

lenguas que penetran en cuerpos,

cosas que penetran en lo invisible,

red de relámpagos que se resuelve en línea.

Solo, ser solo,

ser que se sabe

porque camina con sus amputaciones

y sus laberintos,

porque cae

sin descender, por su andar inanimado, que cubre el cemento

con la mortaja de su languidez y el perfume de su soledad.

(La pagoda que ve también está sola. La umbela que la corona

prolonga su soledad como un pecho que se dilatara. El Buda bajo la higuera, solo.

El Buda muerto, solo. A su alrededor, mujeres solas. Y azules de oro. Y un monje

azafranado que cada mañana pule la soledad de las piedras

con bayetas y oraciones).

Ser cuya soledad es

la de las gaviotas que se chapuzan en la tiniebla

o la de los ciclistas que hienden el vacío,

las olas que moldean las orillas

como lengüetazos de cuchillos,

el limo de tantos incendios

y tantos naufragios

y tantos árboles que palidecen de negrura,

y que caminan,

como caminan los hombres solos.

Hay una sola barca, dos puentes, muchos coches y un hombre,

pero todos están solos,

como el mendigo

cuya barba es una, cuyo macuto es uno,

cuya desesperación es una,

que palpa la madera hostil del banco

que pronto será su cama.

Ese hombre solo, alguien

como otro alguien, alguien

solo, alguien uno y único

y nadie,

a solas con el viento,

a solas con su hambre y su ira

y su morir.

¿Hay ahogados en el aire?

¿Se ahoga alguien en la oscuridad?

¿Se ahoga en su propio sudor?

La soledad es un cuerpo frío, cuya frialdad quema.

La soledad esguinza la voz, e infesta los ojos, y deslíe los huesos,

y, cuando ya no queda nada por arrebatar, cuando ha saqueado hasta las sombras

del espacio en que se aloja, se vuelve hacia el hombre,

hacia el hombre solo que la contempla

como a la maldad o la nieve,

y le rinde su esqueleto radiante. Y el hombre

se aferra a él, y en su calavera

reconoce su piel,

el brillo ensangrentado de su sonrisa.

Luz, luces,

heces:

indican un camino que conduce hasta donde no hay camino,

hasta donde el camino se ha transformado en olvido.

Pero no es ese el que sigue el hombre solo, maniatado por sus pies,

con calambres sombríos

y vergajazos

de luna,

cuyos dientes aman a la vez que desgarran.

Añicos de luna: más luz,

más sombra en los círculos abrasadores

de estar solo.

(Estar solo: no estar).

Alguien, solo,

con su nombre solo,

y su pudrirse solo,

y su nacerse solo,

con algas en los ojos,

y ojos en las entrañas, y lunas en la boca,

vagabundo como el vagabundo que ya duerme

bajo el edredón de la nada,

arropado por la misma luz errante,

depositario de idénticos estragos —la oscuridad, el latido—

sucesivo como los sauces que dirimen, al otro lado del río,

la arquitectura aciaga de la noche,

pero solo, uno,

otro, alguien, él, nadie,

yo.


[Nocturno – 9 de septiembre de 2014]


Á. se ha encontrado mal todo el día y no hemos podido salir a pasear por la ciudad, como solemos hacer los fines de semana. Tras muchas horas sentado, necesito moverme: me duele desde la raíz del pelo hasta los dedos de los pies. Salgo a dar una vuelta por el parque de Battersea. No solemos visitarlo de noche: apenas hay iluminación, salvo en los paseos principales, y no se puede disfrutar del paisaje. Además, en algunas zonas es tan intrincado que, a oscuras, resulta fácil perderse. Quizá hoy, con luna llena, la visibilidad sea mejor, pero prefiero no arriesgarme. Voy, pues, hasta los pies del puente Alberto, y me dispongo a recorrer la gran avenida fluvial del parque, que se extiende casi un kilómetro hasta el puente siguiente, el de Chelsea. No hay mucha gente. Tampoco la hay de día. En muchos parques de Londres se da esta extraña situación: grandes extensiones de terreno en las que apenas se ve a nadie, mientras muy cerca, en las calles adyacentes, ruge la marabunta. Enseguida veo pasar por el Támesis los barcos discoteca del fin de semana. Cuando llega el viernes, empiezan a surcar sus aguas, además de los barcos restaurante que lo hacen todos los días, las gabarras bailongas. Son chatas, pero suelen tener dos pisos: en el superior, la gente se retuerce al son de estruendos funkies; en el inferior están el bar y los servicios. Me llama la atención el enjambre intermitente de luces azules y rojas, que impacta en la luminosidad mate de Chelsea y raja la lona de la noche. En el agua se reúnen esos destellos violentos y el reflejo de las farolas y los edificios del Embarcadero de Chelsea, al otro lado del río: los primeros son una perturbación; los segundos forman una columnata de luz. Pero tanto unos como otros aparecen enhebrados por los coches que pasan: son solo puntos fugaces, pero todos juntos conforman un bramante de lumbre que los ensarta sin descanso. No es difícil imaginar por qué este paisaje cautivó a Whistler o a Turner: la luz reblandecida, las formas oscuramente transparentes, la quietud salpicada de perturbaciones opalinas. El río está bajo hoy: a ambos lados, una pulpa de limo y piedras configura una playa inhóspita. Cuando los barcos pasan, las olas que levantan —sin espuma: un remedo domesticado de las olas marinas— mueren torpemente en esos lomos de barro. El parque de Battersea, una espesura negra, aparece revestido de una malla de luces: los dos puentes, engalanados por miles de voltios; la tiesura eléctrica de las farolas y la fijeza circulante de los faros de los coches; los barcos y su destellar; las luces de los trenes que vienen del sur hasta la estación de Victoria y que cruzan el Támesis con estrépito rectilíneo; las de los aviones que no dejan de sobrevolarnos; las de las bicicletas que no dejan de circular; las de los aparatos que llevan los corredores que no dejan de pasar, y que miden el ritmo cardiaco, los niveles de glucosa, la distancia recorrida. Todo es tiniebla aquí, pero la claridad se esfuerza por afirmarse: oscuridad rasguñada por la luz. Llego, por fin, al puente de Chelsea, y me sitúo debajo de él. Hay un pasadizo que conecta los tramos del Camino del Támesis a ambos lados de la construcción. Su inmensa mole me cubre como otro cielo, y observo las pequeñeces que la componen: clavos, cables, remaches, barras. Cambiar la perspectiva de lo que vemos es cambiar lo que vemos, y también cambiarnos a nosotros mismos. El puente me parece algo mucho más carnal desde abajo, más vulnerable, casi íntimo. Cuando lo estoy contemplando, pasa otro barco-boîte, cuyo estrépito amplifican sus pilares metálicos. Deshago el camino y vuelvo al Puente Alberto. Cuando alcanzo la Pagoda de la Paz, a mitad del trayecto, me cruzo con un mendigo viejo, rubio, menudo, con coleta y mochila, que comprueba el estado de un banco, o quizá si está mojado: se está preparando la cama. No es un indigente aparatoso: parece más bien un trotamundos. Aún no lleva la ropa despedazada, ni arrastra una bolsa enorme con sus tristes enseres, ni los pies. Las madrugadas refrescan ya, pero todavía no es una temeridad dormir al raso. Dentro de algunas semanas, sin embargo, empezará el infierno invernal, y yo me preguntaré, otra vez, cómo sobreviven los sintecho a la intemperie. El frío, en lo más duro de enero, es aquí insoportable. Sigo caminando y disfruto del sonido casi broncíneo de mis pisadas en la piedra. Paso junto a una pareja, apoyada en la baranda de piedra del paseo, que se masajea con fervor: prologan (o prolongan) el coito. Admiro la delicadeza y, a la vez, el vigor con el que las lenguas se anudan, y exploran las bocas, por dentro y por fuera. Me cruzo también con una pareja de españoles: uno lleva el brazo por el hombro del otro. Hablan con admiración de lo que ven. Cuando llego a Alberto, dejo el paseo central y enfilo el camino que me lleva hasta casa, y que discurre por entre plátanos centenarios. Reparo otra vez en la luna llena, que, tapiada hasta ahora, se asoma por fin a un balcón de nubes: sus hilachas la acenefan, como un medallón, y el satélite brilla con un fulgor satinado. Salgo ya del parque; poco antes, en uno de los quioscos que dan descanso al caminante, he visto a un grupo de jóvenes negros decir mucho fuck y tramar esas cosas que trama un grupo de jóvenes negros, en un parque de Londres, a las diez de la noche. La panda olía a ganja y alcohol. No se han fijado en mí.

[De Muerte y amapolas en Alexandra Avenue, Vaso Roto, 2017]


[ALONE, A CHALKY SHADOW, ANYONE…]

Alone, a chalky shadow, anyone,

an action like extinction,

something in the air.

Alone, one person, fleeing,

inside flight, in a grove of tar:

unsheltered hours, in the heart of cold,

ostracized by light.

Alone, in the silent earthquake,

on this side of the water,

aqueous,

alone,

and a colonnade of fire on the other shore,

marginal as open lips,

but no more marginal than traffic,

plagued by insects which are men or fish

or nothing,

by the cruelty of no-one to hear,

by ghostliness.

That light, it doesn’t lie.

That light adhering to its decomposing,

being gall, being no-one,

instantaneous as the changelessness

harassing it,

being asphalt,

iron, daylight,

night,

transparency,

barely a surface, though limitless, for so much

loneliness.

Two bridges. Black ice. Light taking refuge

in lightness.

Which of the drowned will walk with him,

lonely as his shadow,

as his unruly hat,

rooted in the tide,

in the boneless earth of the tide?

How many isolated lonely

desolate souls,

in this hectic avenue of trees, whose only end

is endlessness, whose only mercy is

to convince the one who walks there it exists,

though its existence is known to no-one;

or in the heavens, whose black touches the earth,

digs into it, and bleeds from dark fingers,

like the steps taken, in solitude,

by the solitary?

Other men walk through the sky

like ears of corn, like aerial thorn,

augmenting the nothing

of the river, of time,

of oneself.

Alone.

Scum, wind, water,

walking, men around whose feet there swirl

crows, barges, empty bottles and the vomit

of their ancestors in loneliness,

and the wake of all who sailed this grimy silence,

but feet with no men,

a lonely man walking

and dead men walking with him,

tongues penetrating bodies,

things penetrating

the invisible,

mesh of lightning melting into line.

Alone and lonely creature

self-known because

he walks with his amputations

and labyrinths,

because he falls

without descent, his gait inanimate covers

the concrete with the shroud of his listlessness,

the aroma of his solitude.

(sees a pagoda. It is lonely too.

Its finial resembles an engorged breast

The Buddha under the Sacred Fig Tree, lonely.

The dead Buddha, lonely. All around, lone women. And golden tiles.

And a saffron-cloaked monk who every morning polishes the lonely stones

with a chamois and with prayer).

A man as lonely as the gulls

diving through the dark, or the cyclists

slicing the void in two, or the waves

whetting the riverbank with tongues like knives,

the slime of so many fires

and so many shipwrecks

and so many trees pale with darkening, who walk

like lonely men.

There are one boat, two bridges, many cars, one man,

but all alone,

like the beggar

with his one beard, his one backpack,

his one despair,

who fingers the hostile wooden bench

which soon will be his bed.

This lone man, someone like anyone

else, another lonely man, one

individual nobody,

alone with the wind,

alone with his hunger, his anger

and his dying.

Are there drowned men in the air?

Can you drown in the dark?

Can you drown in your own sweat?

Loneliness is a cold body, whose coldness burns.

Loneliness scours away the voice, and infests the eyes, and blurs the bones,

and when nothing more remains to be despoiled, when it has looted even

the shadows of the space it occupies, it turns towards the man,

to the lonely man staring at it

as if it were evil or snow,

and gives him back his radiant skeleton. And the man

clings to it, and recognises in the skull

his skin, the bloodied shine

of his smile.

Light, lights,

faeces:

they mark a no through road, they lead

to where the road becomes oblivion.

But the lonely man, his feet in shackles,

with sombre cramp

and lunar

whiplash,

whose teeth lovingly rip him apart,

won’t go down that road.

Moon-splinters: more light,

more shadow in the circles of fire

of being alone.

(Being alone: non-being).

Anyone, alone,

with only his name,

only his decay,

only his being born,

with seaweed in his eyes,

and eyes in his entrails, and moons in his mouth,

a tramp like the tramp now asleep under his duvet of air,

clothed in the same wandering light,

containing the same havoc –darkness, heartbeat–

consecutive like the willows across the river

resolving the baleful architecture of night,

but alone, solitary,

other, anyone, him, no-one,

me.


(Nocturne - September 9th 2014)

Á. felt ill all day and we weren’t able to go for a stroll through the city, as we do most week-ends. After sitting down all day, I need exercise: I ache from head to foot. So off I go to Battersea Park. We don’t go there after dark: only the main thoroughfares are lit, and you can’t see the greenery. Besides, in some places the paths twist and turn, and it’s easy to get lost. Maybe tonight, as it’s full moon, you could see a bit better, but I don’t want to risk it. So I walk as far as Albert Bridge and turn onto the wide riverside avenue of the park, which covers the half-mile to the next bridge, Chelsea. There’s no-one much about. There isn’t in the daytime either. It’s strange but that’s what most London parks are like: great tracts of land almost deserted, while in the nearby streets it’s the usual jungle. Straight away I see the weekend party boats going up and down the Thames. On Friday nights, as well as the dinner cruises which happen all week, the disco barges take to the waters. They are barges, but usually double-decker barges: on the top deck people cavort to loud funky beats; below are the bar and toilets. I am hypnotised by the swarm of flashing blue and red lights, battering against the matte luminosity of Chelsea, and slashing the canvas of night. These flashes and the reflection of the lamps and buildings of Chelsea Embankment mingle in the water: the former are an irritation, the latter a colonnade of light. But both seem strung together by passing cars: these are only rushing dots but together they make a rope of light connecting the other light-sources ceaselessly. It’s not hard to see why this scene captivated Whistler and Turner: the softened light, darkly transparent forms, stillness punctuated by opaline disturbances. The river is low today: on both banks a soft mass of silt and stones form unwelcoming beaches. When the boats go by, the waves rise –without foam: a tamed travesty of ocean waves–, then die awkwardly on the mounds of mud. Battersea Park, a black thicket, appears covered with a mesh of lights: the two bridges, festooned with thousands of volts; the electrical rigidity of the lamp-posts and the revolving fixity of car headlights; the boats and their flashing; the lights of the trains crossing the Thames from the south on their way to Victoria station with their rectilinear din; lights from the planes constantly flying overhead; from the bicycles constantly whizzing by; and from the devices worn by joggers constantly running past, devices to measure their heart rate, glucose level and distance travelled. All is darkness here, but light is trying to impose itself: darkness gouged by light. At last I reach Chelsea Bridge and stand under it. There’s a tunnel taking the Thames Path under the bridge. Inside, its immense bulk shelters me like a second sky and I gaze up at its components: nails, wires, rivets, rods. When we change our perspective on what we see, we change both what we see and ourselves. The bridge seems much more human from underneath, more intimate and vulnerable. While I’m contemplating it, another party-boat goes by, its din amplified by the metal pillars. And I retrace my steps to Albert Bridge. When I get to the Peace Pagoda, halfway along, I come across a beggar, old fair skinny, with a pony-tail and a backpack, checking the state of a bench, or maybe how wet it is: he’s getting his bed ready. He doesn’t look spectacularly destitute, more like a citizen of the world. His clothes aren’t in tatters yet, and he isn’t dragging about a huge bag with all his pathetic worldly goods, or dragging his feet. The mornings are getting chilly, but it’s still not an act of heroism to sleep outside. Though the hellish winter will begin in a few weeks and I’ll wonder again how the homeless survive out in all weathers. It’s unbearably cold here in January. I walk on, enjoying the almost metallic sound of my footsteps on stone. I pass a couple leaning against the embankment wall. They’re massaging each other feverishly, prologuing or prolonging coitus. I admire the delicacy and at the same time vigour with which their tongues knot, exploring each other’s mouths, in and out. I also pass a Spanish couple: one with his arm around the other’s shoulders. They speak wonderingly about the sights around them. When I get to Albert, I leave the esplanade and take the path that leads me home through ancient plane trees. I notice the full moon again. Hidden until now, it finally shows itself over a balcony of clouds; their threads shape it, like a medallion, and the satellite shines with a satiny glow. I’m leaving the park now; but, moments ago, in one of the shelters, I spotted a group of young blacks saying fuck a lot and getting up to what youth get up to at 10 at night in London parks. The gang smelt of weed and alcohol. They didn’t take any notice of me.

[POEMAS DE MI PADRE]


Mi padre tenía el pelo blanco. Yo también tengo el pelo blanco. El pelo encanece por oxidación.


Mi padre tenía muy larga la uña del meñique izquierdo. Decía que los mandarines se dejaban crecer las uñas para demostrar que no hacían trabajos manuales. Él vendía cosas.


Mi padre recordaba con orgullo que había sido el segundo de la clase. Como en sus tiempos escolares se disponía a los alumnos en el aula según su mayor o menor aplicación, él ocupaba un pupitre delantero, acorde con su jerarquía. Pero ni siquiera pudo acabar la educación primaria. Estalló la guerra.


Aun muerto, el sofá del comedor olía a él. En la cretona que lo recubría había canas suyas.


Mi padre me llevaba al campo a avistar liebres, conejos y pájaros. Yo era incapaz de distinguirlos, pero él reconocía a buitres y águilas, a halcones y milanos, a quebrantahuesos y azores. O eso decía.


Mi padre vivía en la cama. Llegaba a casa, se desnudaba y se acostaba. El cajón de su mesita de noche estaba lleno de pañuelos pringosos, que ensuciaba con ruidosas regurgitaciones de mocos. Las zapatillas siempre quedaban al pie de las sábanas. Se las quitaba con sacudidas breves y rápidas.


En el campo, pasábamos mucha sed. Descubrir agua era una aventura. El secreto consistía en llegar, en los cañizares, a donde la vegetación era más verde y alta. Allí había siempre un tollo.


Lo envolvieron en un sudario. Lo besé en la frente. Estaba helado.


Mi padre era muy bueno haciendo muñequitos de plastilina. Moldeaba un cocodrilo, o un burro, o un pájaro, y lo dejaba en la mesa del comedor. También dibujaba muy bien. En verano me escribía cartas que eran historietas, pequeños tebeos cuyos protagonistas éramos él y yo. Lo que esos personajes decían estaba plagado de faltas de ortografía.


Mi padre tenía úlcera de estómago. Tomaba pastillas, pero también vino y embutidos. Una vez lo vi caminar por el pasillo de casa, como un oso enjaulado, retorciéndose de dolor. Como el pasillo era estrecho, golpeaba ambas paredes al mismo tiempo con los puños. «¿A dónde voy mañana? ¿A dónde voy?», no dejaba de gritar. Se negaba a que lo viera el médico. Les tenía pavor a los médicos. Mi madre seguía cosiendo en el comedor.


[De Mi padre, Trea, 2019]



[POEMAS FROM MY FATHER]


My father had white hair. I have white hair too. Hair goes white from oxidative stress.


My father let the nail on the little finger of his left hand grow long. He said mandarins would let their nails grow long to show they didn’t do manual work. He sold things.


My father recalled with pride that he’d been second in his class. In his time, pupils were seated in the classroom according to their efforts, so he had a desk in the front row. But he didn’t even complete primary school. War broke out.


Even after his death the sofa in the dining-room smelt of him. We kept finding his hairs in the cretonne.


My father took me out into the countryside to spot hares, rabbits and birds. I couldn’t tell one from the other, but he identified buzzards, eagles, hawks, kites, ospreys, sparrowhawks. Or so he said.


My father lived in bed. He came home, took off all his clothes and put himself to bed. His night-table drawer was stuffed with snot-stained handkerchieves from his frequent noisy nose-blowing. His slippers were always at the foot of the bed. He shook them off with practised accuracy.


Out in the country we got very thirsty. Discovering water was an adventure. The secret lay in finding the places in the reed-beds where the vegetation was taller and greener. There, there was always a waterhole.


They wrapped him in a shroud. I kissed him on his forehead. It was ice-cold.


My father was very good at making plasticine figurines. He modelled a crocodile or a donkey or a bird and left it on the dining-room table. He also drew very well. In summertime he wrote me letters that were little stories, comic-strips whose characters were him and me. The speech-bubbles were riddled with spelling mistakes.


My father had a stomach ulcer. He took pills, but also swilled wine and stuffed sausage. Once I saw him walking up and down the corridor like a caged bear, wracked with pain. The passage was narrow and he struck both walls with his fists. ‘Where am I going? Where am I going tomorrow?’, he yelled and yelled. He wouldn’t go to the doctor, he was scared of them. My mother went on with her sewing in the dining-room.


[OTRA VEZ, COMO SI SE TE LLEVARA EL VIENTO…]

Otra vez, como si se te llevara el viento; otra vez, amarrada a la huida; otra vez.

Tu carne es fuga: corres hacia dentro; escapas a donde la oscuridad arde hasta consumir todos los nombres o ser todos los nombres: tren, tiempo, hijos, mañana, amor. De ese adentro me revisto, aunque tu cercanía —te ahíncas en mi sombra— no desmienta tu inmaterialidad: luz sin clavículas, labios que sucumben, horas diezmadas por la caducidad.

Otra vez cosecho el bronce de la desaparición. Otra vez cemento y alas. Y los campos interrumpidos por casas y silos que saludan nuestro alejarnos —aunque sigamos en este sumidero de pasos, en el barro articulado de la megafonía— acompañan la despedida con el alborozo indiferente de los árboles y el triunfo estéril de la abnegación.

Un pájaro se posa en la grupa del convoy, como las garcillas en el lomo de los cebúes. Cobran los dedos la torpeza que infunde el miedo: su aliento es rocoso, y jadean las uñas, soliviantadas. El silencio se endurece, pero se alza, ingrávido: lo propaga la maquinaria colosal de las nubes y los inyectores. Todo se detiene y se acelera: en el mismo punto, con idéntico temblor. Partir es ulcerarse. Y yo, aunque no me mueva del andén, no parto menos que tú. La llaga se ríe. La llaga cunde en las tripas.

El reloj de la estación atrasa. Subes al vagón como si el vagón te creara. Cada separación es un principio.

Las cabezas que te flanquean no pertenecen a nadie. Ni las maletas, huérfanas como cadáveres. No veo a gente, ni palabras, ni animales, sino raíles, aunque los oculte el vientre abultado de la oruga; no veo tus ojos, que me miran con el desvalimiento de un moribundo, sino su ausencia presente, su luminosa ceguera. No dejo de ver, en cambio, el desbordamiento del día: sus astillas me acucian como avispas. Y anticipo su maldad, que me perseguirá cuando respire y cuando escriba, cuando me pregunte por qué respiro y por qué escribo, cuando todo lo que he perdido se me amontone en los párpados, como una pira, y me estrangule de impaciencia y amor.

Otra vez. Muchas: un eslabonamiento de humillaciones, como esta monstruosa aleación que espera a que se desate algún mecanismo, igual que se desata la golondrina de la copa del alcornoque y atempera el ardor del azul con la fosforescencia blanquinegra de sus alas.

La proximidad es una ofensa: de mamparas impenetrables, de sombras que esgrimen cuchillas y alumbran lo que carece de cuerpo, pero se yergue. No puedo vadearla. No sé conjurarla. Ya te has ido, pero estás aquí. Te sujeto. Te embals(am)o. Te trago. Te nazco y te muero.

Otra vez. Cuántas veces. ¿A qué nueva migración te sumarás, si todo se anuda a su traición, si lo que se omite encarcela, si nada asegura la continuidad del pecho, de los pechos, si en la inmensidad no hay espacio para tanta ruptura? ¿En qué tren se verificará tu desahucio, qué magnitud expresará tu contracción, tu crecimiento contrayéndote, qué irradiación revelará el secreto de tu resistencia y mi quebranto? ¿Dónde radicaré cuando caigas como una lluvia urgente o como un cuerpo que librar a un enjambre de manos? ¿Y dónde te asentarás tú, traída por la soledad y llevada por el sueño, con el centellear de la noche a cuestas, con el tul de la desaparición enredándosete en los tobillos?

Pasa un vigilante para cerciorarse de que todo el mundo se aparte del tren. Yo me aparto. Tú sigues sentada en una penumbra ergonómica y una butaca ignífuga. Miro al frente, por donde se te tragarán los pilares del acueducto, almenados por cigüeñas, por donde fluirán la electricidad, el hierro, la turbia transparencia de tus medias y su promesa de feliz desnudamiento.

Otra vez. Tantas veces. Aún estás aquí, pero ya amo tu vacío. La espesura se redondea, como el firmamento, como la marquesina bajo la que espero, bajo la que llevo esperando toda la vida, que desvía la cascada del sol a los descampados y las casas baratas.

Las cosas se ahondan en sí, excitadas por la inminencia de su mudanza, y se asoman después a su confín: a la contracción que las ratifica y las ramifica. Su combustión es convulsa como una navaja. Cuando arremeten contra lo que las rodea, sudan, mueren.

Te has marchado. Otra vez. En el andén apenas quedamos el vigilante y yo. Otra golondrina sobrevuela los raíles que brillan, desamparados, bajo la lluvia solar. No sé por qué te digo adiós con la mano: no puedes verme.


[Poema V de Tú no morirás, Pre-Textos, 2021]


[AGAIN, AS IF THE WIND BORE YOU AWAY…]


Again, as if the wind bore you away; tethered again to flight. Again.

Your flesh is flight: you run inwards; you flee to where the dark burns all the names away, or becomes all the names: train, time, children, tomorrow, love. I clothe myself in that inwardness, although your being close to me – you take root in my shadow – doesn’t make you less ethereal: light, with no collar-bone, yielding lips, hours depleted by their own extinction.

Again I harvest the bronze of disappearance. Again, concrete and wings. And the fields with now and then a house or barn marking our separation – although we continue in this sinkhole of footsteps and muddy loudspeakers – accompanying our farewells with the indifferent jubilation of trees and the sterile triumph of self-denial.

A bird alights on the croup of the train, like a cattle-egret on a zebu. My fingers take on the clumsiness instilled by fear; their breath is laboured, their nails pant in revolt. The silence solidifies, but floats upwards, light as air: propelled by the vast machinery of clouds and engines. Everything stalls and accelerates: at the same point, with the selfsame tremor. Parting is ulcerating. And I, without leaving the platform, depart as much as you. The wound laughs out loud. The wound spreads through the gut.

The station clock is slow. You entrain as if the train created you. Each separation is a beginning.

The heads each side of you belong to nobody. The suitcases too are orphaned like corpses. I see no people, or words, or animals, only rails, even though the bulging belly of the caterpillar hides them from view; I don’t see your eyes that look at me with the helplessness of the dying, only their present absence, their luminous sightlessness. But I can’t help seeing the torrent of the day: its splinters harass me like wasps. And I foresee its evil, that will torment me when I breathe and when I write, when I wonder why I breathe or write, when all that I’ve lost weighs down my eye-lids, like a pyre, and chokes me with impatience and with love.

Again. Time after time: a chain of humiliations, like the monstrous alloy of a machine waiting to be unleashed, as a swallow explodes from the crown of a cork-tree and tempers the ardour of the blue with its black/white phosphorescent wings.

The proximity of impenetrable screens, of knife-wielding shadows that spawn a thing without a body is an insult that yet stands. I can’t traverse it. I can’t vanquish it. You’re gone already, but you are still here. I hold you tight to me. I imprison you/embalm you, I swallow you in my love. I am born you and I die you.

Again. How many times. What new migration will you join, if everything is linked to its betrayal, if what is left undone imprisons us, if nothing guarantees the continuance of the breast, the breasts, if in infinity for so much rupture there’s no room. In what train will your expulsion be confirmed, what magnitude express your shrinkage, your growth shrinking you, what x-ray reveal the secret of your endurance and my grief. Where will I be when you fall like urgent rain or like a body to be rescued from a swarm of hands? And where will you settle, borne by solitude, carried off by sleep, with the starry night on your shoulders, and the tulle of vanishing around your ankles?

A guard comes by to move people away from the train. I move away. You sit on, in the adjustable half-light, in your fireproof seat. I look out to where you will be swallowed by the pillars of the aqueduct, castellated by herons, pillars through which will flow, the electricity, the iron, the cloudy transparency of your tights with their promise of the skin beneath.

Again. So many times. You’re still here, but now I love your absence. The density becomes rounded, like the firmament, like the glass roof under which I wait, under which I have waited my whole life, that deflects the cascading sun onto the wastelands and the cheap flats.

Things withdraw into themselves, aroused by the imminence of their motion, and they then observe their bounds: the shrinkage that confirms and ramifies them. Their combustion is tumultuous as a knife. When they lash out against their surroundings, they sweat and die.

You’re gone. Again. Almost no-one is left on the platform but the guard and me. Another swallow flies over the abandoned rails shining in the solar rain. I don’t know why I wave you off: you can’t see me.








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